Desde la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, vivimos en un mundo unipolar. Lo que se creyó que sería una gran época de paz y prosperidad ha terminado por convertirse en uno de los períodos más convulsos de la historia de la humanidad. La lista de conflictos bélicos desde el final de la guerra fría es escalofriante. Desde la primera guerra del Golfo, pasando por el conflicto de Kosovo, Afganistán hasta la hipermediática guerra de Irak.
Pero apartando a estos conflictos, ocurrieron otros, aún más sangrientos y espeluznantes que no recibieron la misma atención. El genocidio en Ruanda, donde fueron asesinados sistemáticamente alrededor de un millón de personas; la Segunda Guerra del Congo (o guerra del coltán) donde fallecieron más de 5.4 millones de personas; y el actual conflicto en Darfur donde ya van más de 400.000 muertos, son los mejores ejemplos.
Guste o no, al ser Estados Unidos una superpotencia tiene el imperativo moral de salvaguardar las vidas humanas en conflictos de esta naturaleza. Me parece aberrante que sus gobiernos sigan un baremo económico y político para determinar en qué conflictos deben intervenir. Evidentemente el escenario ideal es el de una ONU fuerte y cuyas decisiones sean atendidas por todos y puedan ser llevadas a cabo eficientemente, pero a día de hoy esto no es realidad.
En el terreno económico, encontramos casos similares. Por ejemplo, en el área del libre comercio. Yo soy un firme creyente de este, siempre y cuando es llevado a cabo en verdadera igualdad de condiciones, lo que algunos llaman comercio justo. El caso es que siendo Estados Unidos el principal promotor del libre comercio, es el primer país en violar sus reglas fundamentales para beneficio de sus corporaciones. La hipocresía de subsidiar a sus agricultores, para después exigir a los países firmantes de tratados eliminar todo tipo de subsidio industrial o agrícola roza lo ridículo, así como la imposición de aranceles graduales para de esa manera evitar el ingreso de bienes manufacturados, desalentando de esta manera la industrialización en los países en vías de desarrollo. A esto se suman barreras no arancelarias como las garantías, impuestos anti-dumping altamente distorsionados, normas de origen y barreras técnicas.
Desde el campo de la teoría económica, muchos sectores exponen que el libre comercio puede llevar a un país dictatorial a una nueva democracia, al brindarle libertades económicas a los habitantes, que paulatinamente llevarán a libertades políticas gracias a la apertura y al conocimiento de las personas de nuevas ideas. Bajo esta conjetura se justificaron las relaciones comerciales con gobiernos como el de Pinochet. Afortunadamente, el tiempo le dio la razón a esta hipótesis y hoy día Chile es una de las democracias más vibrantes de nuestro continente. Lo que yo no me explico es por qué no se aplica este mismo argumento a las relaciones con Cuba. En mi opinión, al restablecer relaciones comerciales con Cuba, se conectaría a la isla caribeña de nuevo con el mundo globalizado, originando una tormenta de ideas. Al mismo tiempo, se le privaría a Castro de la vieja excusa de responsabilizar de cada desgracia económica al bloqueo. Dos pájaros de un tiro.
Escribo este artículo para dejar claro que en Venezuela existe una oposición verdaderamente crítica, capaz de debatir con argumentos que van más allá del típico "yanquis imperialistas" y " yanquis go home", capaz de salir de los discursos habituales. No somos cachorros del imperio, ni mucho menos cachorros de Fidel. Somos independientes y tenemos criterio propio.
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